miércoles, 24 de junio de 2020

LA NUEVA ANORMALIDAD

Fernando Trías de Bes, en su libro de 2009 "EL HOMBRE QUE CAMBIÓ SU CASA POR UN TULIPÁN" explica a la perfección que el hombre olvida pronto y cae una y otra vez en los mismos errores. 

Sin vacuna conocida, con rebrotes que se están produciendo cada día confinando a cientos de miles de personas, con Huesca que ha vuelto a fase 2 por un rebrote, con Lleida que intentan frenar que suceda lo mismo... y la mascarilla y la distancia de seguridad brillan por su ausencia. Hemos tenido mucha suerte en Calafell, no será por el comportamiento ejemplar de la mayoría (el comportamiento ejemplar ha de ser ahora) ya que incluso con la "amenaza" de una sanción han caído cientos de multas. Más bien por el miedo que ha provocado una situación que nadie era capaz de imaginar y porque por primera vez en la historia, Calafell cerró sus accesos hasta con barreras de hormigón para evitar la afluencia masiva de visitantes en semana santa. Y aún así, se colaron. Muchos. Apartamentos y chalets que siempre están cerrados fuera de temporada alta, por arte de magia aparecieron de un día para otro abiertos. Sus propietarios, de Barcelona, el Vallès, Zaragoza, Madrid, hasta desde Andalucía habían venido. No se podía salir más que para lo imprescindible, pero hubo quienes paseaban al perro una y otra vez y por turnos, quienes iban a comprar una cosa y luego otra y luego otra para. así, salir en pleno confinamiento y mientras fallecían 30.000 personas (que se sepa) y los hospitales no daban más de sí para poder atender a tantos contagiados.

Y ahora, que el Covid anda haciendo su tour por las Américas, acabando con muchos miles de vidas cada día, especialmente en Brasil y Estados Unidos, aquí es como si no hubiese pasado nada. 

Hay mucho ofendidito que no entiende que en Calafell, mayoritariamente, por lo que se ve en las redes sociales, no se sientan bienvenidos. No entienden que la movilidad y la densidad de población (aglomeraciones) son los dos mejores amigos del contagio. No entienden que tras 3 meses en que aquí nadie se ha ido a la playa, que ha sido de las últimas en abrir, que nadie se ha tomado unas vacaciones sino que estaban en su casa encerrados teniendo el mar a 5 minutos, hemos conseguido pasar de fase con rapidez y seguridad. Pero es porque en una extensión mayor que, por ejemplo, la de L'Hospitalet, aquí somos 25.000 y allí diez veces más. No entienden el miedo que genera ver que, de un día para otro, la población de Calafell se multiplica por cuatro o cinco, con un sistema que no está dimensionado, de ninguna manera, para un número tan alto de personas. Y no es porque paguen su IBI, como muchos dicen, que anteponen su derecho a venir a la obligación de respetar la salud de los demás, empatía cero. Es porque tenemos empadronados a 26mil y pico habitantes, y eso es lo que hay. Un barrio de Barcelona ya tiene más población que todo Calafell. Pero se antepone el "yo pago y tengo derecho a mi segunda residencia" que pensar en los demás. ¿Sociedad de mierda? no todos, pero se equivocaron los que dijeron que la pandemia nos haría mejores. Ha sido al contrario, algunos han sacado lo peor que llevan dentro. 

Y ahí estamos, tras una verbena en que se ha debido alertar varias veces del peligro y montar un dispositivo de seguridad con todos los medios disponibles para evitar el acceso a las playas (abiertas, sí) y controlar el efecto llamada. Y siguen las quejas de los mal llamados "espías de balcón", personas que utilizan el sentido común y observan con sorpresa como muchos van sin mascarilla, sin distancia de seguridad, que publican en las redes nombres de establecimientos que no cumplen con la normativa de seguridad. Estos, los "espías", son los mismos que casi no se mueven de sus domicilios más que para lo imprescindible. El turismo, por mucho que nos cuenten, ha venido en tromba y con un efecto que se ha denominado "euforia vacacional". Tras meses de encierro, se abre la veda. Y se olvida a los muertos, al personal sanitario, a los esfuerzos de voluntarios (Cruz Roja, Protección Civil) y aunque pongan ahora el grito en el cielo preguntándose de qué a servido el esfuerzo viendo lo que se ve, una irresponsabilidad manifiesta, no mayoritaria pero sí preocupante.

Ahora mismo, con Málaga, ya hay en España 14 focos de contagio. Y preocupan porque ahora es cada comunidad la que va a gestionar todo esto pero el gobierno, para evitar otra vez en la medida de lo posible que se repite la pesadilla que hemos vivido, se reserva decretar nuevamente el estado de alarma. Y volver a la casilla de salida.

Ahora que la desescalada de medidas para hacer frente a la pandemia de coronavirus da comienzo, muchos expertos advierten de la posibilidad de una segunda ola del virus, probablemente en otoño, cuando comience el frío, y de una intensidad menor pero impredecible.

Lo advirtió Fernando Simón, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias, la semana pasada: un rebrote de Covid-19 dentro de unos meses es esperable. Los especialistas en Salud Pública consultados por Redacción Médica se muestran de acuerdo y apuntan a que la distribución de esta segunda ola puede ser muy distinta a la de la epidemia actual.

La primera oleada nos pilló con la casa sin barrer. Aunque Italia era un aviso de lo que iba a venir, nadie estaba preparado para algo así. Ahora hay muchos "capitanes a priori" que afirman que lo sabían, pero lo que ha ocurrido aquí, salvo honrosas excepciones (Nueva Zelanda, por ejemplo) ha sido la tónica mundial.

En el siglo pasado hubo tres pandemias de gripe. La de 1918 fue la más mortífera. Se desarrolló en tres oleadas: en primavera de 1918, en otoño de ese mismo año y en invierno de 1919. La realmente virulenta y mortal fue la segunda, en la que ocurrieron el 64 % de los fallecimientos. En realidad, la primera oleada fue la menos fuerte: solo fue responsable del 10 % de los muertes de aquella pandemia. En la segunda oleada, se han podido documentar cambios en el genoma del virus que podrían explicar que fuera más virulento.

Probablemente, los que no le han puesto nombre y apellidos al Covid19 (nombre ya apellidos de algún familiar o amigo que ya no esté), son los que creen que los avisos y alertas no van con ellos.

Para evitar la extensión de una epidemia hay que cortar la cadena de transmisión del virus. Esto se consigue cuando hay un número suficiente de individuos (por lo menos más del 60 %) que están protegidos contra la infección, actúan como una barrera e impiden que el virus alcance a aquellos que todavía podrían contagiarse. Esto es lo que se denomina inmunidad de grupo y se consigue cuando la gente ha pasado la enfermedad o cuando se vacuna.

Pero contra este virus todavía no tenemos una vacuna. ¿Hay inmunidad de grupo contra este virus? Pues parece que no. En el estudio preliminar sobre seroprevalencia de la infección por el coronavirus SARS-CoV-2 en España, una de las conclusiones más importantes es que la prevalencia nacional se sitúa en el 5 %: algunas comunidades presentaban prevalencias inferiores al 2 %, mientras que otras superan el 10 %. Estos datos se obtuvieron mediante la detección de los anticuerpos IgG anti SARS-CoV-2 mediante la técnica de inmunocromatografía, los test rápidos.

Lo que indican es que como mucho, en algunas zonas, no más del 10 % de la población ha tenido contacto con el virus. Estamos muy lejos de ese 60 % o más, necesario para conseguir la inmunidad de grupo. Y aún así, tampoco se sabe cuánto tiempo puede durar esa inmunidad, cuya suerte también se fía a una vacuna que aún no existe.

La sociedad está tocada, por el individualismo y el egoísmo. Los epidemiólogos alertan de los rebrotes, de la segunda ola que va a llegar puede que antes del otoño. Pero lo importante es olvidar lo que ha pasado y vivir al día ya que lo demás (los demás) no importan. Si vuelve a pasar lo mismo, no habrá estado de alarma, Salut confinará a los más vulnerables (que pagarán, como ya ha pasado, los platos rotos).

Las poblaciones turísticas costeras son las que peor lo pueden pasar si viene una segunda oleada. Pero no pasa nada, siempre se puede cambiar la casa por un tulipán.